No podía ver nada. La estancia era oscura y me costaba respirar a causa de la humedad.
Notaba el suelo en la planta de mis pies desnudos, era viscoso, tibio, y seguramente habían cientos de insectos y bichos que no quería ver.
El aire estaba siendo reutilizado, estaba denso y ofrecía poco oxígeno que aprovechar.ç
Podía oir el incesante sonido del impacto en el suelo de diferentes regueros de goteo. Podía oir las gotas de agua resbalando por las paredes o cayendo directamente del techo al suelo. Y cada vez tenía mas sed.
La boca empezaba a secarse. Mi mente me jugaba una mala pasada. Con cada gota que oía caer, mas sed tenía, y era cada vez mas clara la idea de tirarme al suelo a lamer las gotas que quedaban en el viscoso.
Ya estaba de rodillas. No quería,a saber qué había en el suelo. A saber cuantas infecciones y enfermedades podrían asaltarme. O tal vez ninguna. Tal vez mi organismo fuera inmune a las bacterias y virus de aquel sitio. Después de todo, no estaba en casa precisamente.
Oí unos pasos. Se arrastraban por el suelo. Podía distinguir perfectamente como la suciedad gomosa del suelo se movía con cada paso. Podía oir como volvía a su sitio cada partícula de la sustancia. Los pasos no eran secos, no eran regulares, no parecían pasos normales, pasos de pies unidos a piernas.
Un hueco en la pared dejó entrar la luz, y un cuenco de barro, tambíen viscoso apareció. Corrí a cogerlo en mis manos, y una vez que mi visitante comprobó que lo tenía bien agarrado, cerró la portezuela y se marchó.
No pude ver demasiado, pero no era humano. Justo lo que pensaba.
El cuenco estaba forrado, tanto por dentro como por fuera, de una especie de moco viscoso, como todo en este sitio, según parecía.
Bebí el agua que contenía, con asco al principio, y con ansiedad al final. No, no era mi estómago. Venía de fuera de mi cuerpo. Pero lo oía por todas partes, cercano a mi, aunque ajeno. La habitación entera se estaba retorciendo, como si estuviese metido en el estómago de una criatura enorme. Las paredes estaban vivas, eran un organismo vivo, junto con el suelo y el techo.
Si lo que mi mente me decía era cierto, debía haber una entrada o salida. ¿Y el hueco que había abierto mi visitante? Si era parte de un organismo vivo, viscoso, sería elástico, podría hacerlo grande y salir de aquí.
Me dirigí a donde recordaba que había sido el lugar. Palpé con asco la pared, buscando algo, alguna hendidura, un agujero, algo. Pero nada. Al momento, como si la propia pared hubiera reconocido lo que pretendía, y como pidiendo disculpas por tardar, se retorció, ofreció unos gruñidos asquerosos, y tras un chorreon de gelatina viscosa abrió un hueco en su extensión. Apenas cabía mi brazo, pero conseguí meter la cabeza. Fuera de donde estaba todo parecía mas de lo mismo, con la salvedad de que al fondo de la nueva estancia se veía luz. Los ojos me dolieron unos segundos, y luego procedí a seguir sacando mi cuerpo a través del agujero del tamaño de un cuenco de barro viscoso.
Me encontraba en una nueva estancia, esta vez iluminada, y pude ver el suelo, las paredes y el techo. Eran una especie de algo, algo vivo, con sus venas y tubitos que salían y volvían a entrar. Tenía una textura asquerosa, mostraba algo que parecían ampollas en toda su extensión.
Pude oir entonces gruñidos, o rugidos, no sé, algo que me parecía mas familiar que nada en aquel lugar. Reconocí enseguida que a mi alrededor habían otras "celdas" como la mía. Eran secciones divididas, compartimentadas (dentro de una enorme criatura?). Me atreví a abrir un hueco en una de ellas. Lo que había dentro me asustó tanto como me asombró. Dos tigres mordían el suelo y las paredes intentando alimentarse de ellas cuando se vieron atraídos por la luz que dejaba entrar el hueco recién abierto. Se abalanzaron sobre mi que, asustado, dejé que se cerrara de nuevo el hueco. El resto de celdas contenían desde orangutanes, hasta ranas, pasando por jabalíes, perros. Y la estancia entera no dejaba de temblar, gruñir y segregar líquidos viscosos por todas partes.
Me dirigí a la luz. El "pasillo" estaba formado por tubos de metal que daban forma al interior de aquel ser o lo que fuera, permitiendo el paso entre sus entrañas. Vi el exterior. La entrada era un agujero sangrante, simplemente habían arrancado la carne y visceras de aquella parte del enorme ser que me contenía y habían colocado una estructura metálica para poder acceder al interior.
Me asomé con miedo.
El exterior me mostraba un paisaje desconocido. Me costaba respirar cada vez mas. El cielo tenía un tono morado, como cuando te pasas demasiadas horas en la piscina y vez el cielo púrpura. El suelo no parecía del todo firme. Crecían una especie de plantas que se movían a voluntad, como tentáculos, por doquier. En el aire flotaban unas esferas casi etéreas, como medusas, transparentes. No sabía si morirme de miedo o luchar por saber qué pasaba allí.
Vi lo que parecían unas rocas de gran tamaño a unos metros, y me fuí hasta allí. En ese momento decidí girarme hacia donde venía. Tenía pánico a ver donde había estado metido. Lo que ví y sentí no puede ser escrito, pero lo intentaré hacer. Una enorme masa sin forma descansaba sobre la parte mas alta de una especie de colina. Podía diferenciar unas pequeñas patas inmóviles, unos tentaculos a lo largo de todo lo que parecía el lomo, e incluso un grupo de hoquedades que parecían ser sus ojos. La criatura hacía tiempo que había asumido su propósito. No luchaba por librarse de los enormes clavos que la sujetaban al suelo. Sus ojos mostraban resignación y dolor. En uno de sus costados estaba la "entrada", hecha directamente sobre su carne. Estaba toda cubierta de un moco asqueroso, como todo en aquel mundo.
Estuve contemplándola unos minutos. No podía imaginar el dolor que debía estar sintiendo con una herida abierta contínuamente, sangrando, y unos seres caminando por su interior, pisando sus nervios y venas. Y lo que és peor, sujeta a lo que sus "habitantes" le hicieran. Los tigres mordían su carne, y posiblemente el resto de criaturas hiciera lo mismo en busca de alimento o escapatoria.
La criatura pareció verme. Y como si se sintiera mal por no haber podido hacer nada para que no huyera, empezó a gruñir y temblar.
Entonces oí algo que calificaría de grito, pero en realidad no resonaba como lo hace un grito, no ofrecñia eco ni nada parecido. Mas bien se oía por todas partes. Como si la atmósfera fuera tan densa que rebotara el sonido en todos los sentidos.
Las "medusas voladoras" que habían revoloteando mi posición huyeron a un velocidad increíble hacía la criatura enorme, y se perdieron tras ella. Al momento vi el motivo.
Escondido entre las rocas los pude ver. Eran tres. O cuatro, no lo sé muy bien, no podía distinguir donde acababa uno y empezaba otro. Eran humanoides. Caminaban sobre dos o tres "patas", o tentáculos, o las dos cosas. No se distinguía muy bien su torso, ni si cabeza, pero se veían infinidad de púas saliendo en todas direcciones, y un enorme ojo negro con una pupila blanca en el centro de un grupo de pequeños tentáculos que bailaban con cada paso. Iban pegados, como si les fuese mas facil moverse estando en contacto.
Entraron en la criatura, haciéndola retorcerse de dolor, pero justo cuando parecía que se habían marchado, el último de ellos, pareció verme, pareció notar algo donde yo estaba...