-1-
Llevábamos ya cinco días metidos en aquella casa. Estábamos bien servidos de comida y agua, pero es horrible no salir al exterior en tanto tiempo. Habíamos acampado en el piso superior, así podríamos disimular mejor nuestra presencia. Algunos de esos “hombres” pululaban por la zona desde que llegamos aquí.
Las ventanas y puertas estaban cerradas a cal y canto, y reforzadas con tablones de madera, aunque ya las encontramos así cuando llegamos. La casa estaba vacía, ni un cuerpo, ni sangre, ni rastros de ningún tipo de violencia… nada. Sólo unos platos sucios en el fregadero y las ventanas tapiadas.
-Romi –así se llamaba mi mujer- ¿Cómo te encuentras?
La habitación era la única parte de la casa con licencia para dejar correr el aire, Romina se asfixiaba enseguida, tenía claustrofobia desde que la conocía, pero era necesario cerrarlo todo en el estado de la ciudad.
La casa estaba en un barrio de calles estrechas, por lo que las ventanas de la habitación, que daban al patio trasero, podían abrirse sin riesgo a que alguno de ellos nos viera mientras caminaba por la calle, pero aún así, yo me empeñé en tapiar la ventana hasta la mitad de su altura.
Romina estaba envuelta en una gruesa manta marrón, moqueando y tosiendo, viendo un sinfín de películas en DVD en una tele bastante moderna, como el resto de la casa. El dueño debió dejarse una fortuna en ella. Era de talla moderna, con paredes lisas en colores blancos, rojos y azules. La entrada dejaba ver ambos pisos, uniendo todo el espacio vertical en uno solo, y convirtiendo el pasillo del piso superior en un punto estratégico en caso de que llegaran a entrar en la casa. El dueño instaló dos cámaras de seguridad, una enfocando a la puerta principal, casi mas para saber quien llamaba al timbre que para vigilancia, y otra cámara instalada en el patio trasero, justo encima de la ventana de la habitación.
-¿Cómo voy a estar, Rafa? Como ayer… como anteayer…
Nos costó dios y ayuda subir los monitores de vigilancia y cambiar todo el cableado a la habitación contigua a la que estaba Romina, pero así no tenemos que bajar cada diez minutos a la salita de vigilancia. Yo pasaba prácticamente el día entero vigilando los monitores y pensando en cómo salir de allí, y Romina aguantaba el catarro en la cama, llamándome a veces para que le diese algún achuchón (los justos, eso sí, no queríamos caer los dos enfermos).
-Cariño –me dijo ella- ¿has pensado que tal vez este catarro…?
-No pienses eso. No te ha mordido ninguno, ni siquiera te han tocado.
-Lo sé, pero ya viste en las noticias que algunos se infectan simplemente por el aire, o por insectos. Puede que yo…
-¡Cállate! No digas eso, ni se te ocurra. Estaré contigo todo el tiempo, te cuidaré, se te pasará el catarro y saldremos de aquí, a las montañas, como han hecho todos.
Romina cerró los ojos y giró su cuerpo sin energía hacia la ventana.
-¿Estarás conmigo todo el tiempo? ¿Incluso si acabara como ellos?
-Eso no va a pasar. Y si pasara… por supuesto que me quedaría contigo, hasta el final. Dos contra el mundo ¿recuerdas?
-Eso es de una peli, no te pongas interesante –creo que sonrió un poco.
-Bueno, bueno, has sido tú la que se ha puesto peliculera. Tranquilízate, es un catarro común. Todos los años pillas uno, se te pasará en unos días. ¡Anda! ¡Ya es hora de comer! Voy a ver que tenemos hoy, ¿de acuerdo? No te muevas de la cama.
Aunque la casa estuviese cerrada por todos los lados, y un muro de dos metros de altura la rodeara, siempre que tenía que bajar a la cocina, lo hacía asomando primero la pistola por las escaleras. Desde arriba podía verse el vestíbulo enorme, decorado con lámparas esféricas blancas y una alfombra de mimbre marrón oscuro, con dibujos tribales. De las paredes colgaban algunos cuadros tipo Miró y un retrato del matrimonio que vivía aquí.
Siempre que bajaba los peldaños de metal incrustados en la pared, me fijaba en ellos. Se les veía jóvenes, atractivos. No debían tener más de treinta años, y parecía que la vida les sonreía. ¿Qué fue de ellos? ¿Dónde estarán? Y lo más importante ¿por qué se fueron sin llevarse nada?
Para llegar a la cocina, había que atravesar el enorme salón comedor. Dos sofás de cuatro plazas custodiaban una alfombra muy peluda (la cual me causaba terrible alergia) y reinando en la pared, un televisor de, al menos, cuarenta y dos pulgadas, con un sinfín de aparatos a su lado. Un reproductor DVD, que ahora teníamos en la habitación, una consola, la mini cadena, la televisión digital… si, les sonreía la vida sin duda. Atravesar el largo salón en penumbras, daba casi más miedo que pensar en el exterior.
Me puse espalda contra la pared, justo al lado de la puerta de la cocina, que no tenía puerta, como un policía de la tele, me gustaba hacerlo. Levanté la mano con la pistola, y entré furtivamente apuntando a todos lados. Sabía de sobra que no había nadie, pero disfrutaba haciéndolo.
Coloqué la pistola en la funda y abrí el frigorífico. La luz de su interior iluminó la oscura cocina, dejando ver las partículas de polvo en suspensión. Saqué un par de manzanas, y zumo, luego encendí el extractor de humo a velocidad baja, para no hacer demasiado ruido, y puse una sartén al fuego, sobre la que puse dos enormes bistecs de ternera. Los antiguos dueños se fueron dejando la nevera hasta los topes. Daba la impresión de que pensaban en quedarse atrincherados en la casa, justo como ahora estábamos haciendo nosotros, pero por alguna extraña razón, habían tenido que marcharse. Eso sí, no tenían aceite.
-2-
Romina tragó lo que pudo a trozos minúsculos. Tenía que cargar las pilas, y necesitaba muchas vitaminas y proteínas, ya que pasaba el día sudando.
-Bueno, a ver que ponen en la tele… ¡Oh! ¡Sorpresa! ¡Pulp Fiction! –A Romina le encantaba esa película, y yo se la ponía casi todos los días a la misma hora. La relajaba y le permitía dormir con tranquilidad.
Ella me regaló una enorme sonrisa, esquivando la tos y la fiebre, engulló un par de pastillas de antibióticos y se recostó, aceptando que sólo vería los quince primeros minutos de la película.
Y, efectivamente, a los quince minutos, Romina no respondía a mis palabras. Así que me puse en marcha.
El día anterior me había parecido ver movimiento en la casa al otro lado de la calle mientras me fumaba un cigarro en la habitación que habíamos acondicionado para vigilar la casa. Entre las maderas que tapaban la ventana, pude apreciar cómo se movía algo dentro de la casa. Además, el correo y periódicos, pulcramente amontonados a la entrada de la vivienda, se encontraban ahora esparcidos por todo el rellano.
El problema es que no podía averiguar si eran personas o… bueno, gente de esa, infectados. No podía averiguarlo si no iba allí personalmente, o arrancaba los tablones de las ventanas, y eso pondría en peligro nuestras vidas.
Me aseguré de nuevo de que Romi durmiera acunada por la voz de Travolta y Jackson. Le besé la frente, la fiebre había subido, así que le puse otra manta encima y fui a revisar los monitores. No se veía a nadie, al menos en la parcela y la entrada principal. Bajé los escalones con cuidado y cogí las llaves, que colgaban de un hilo en la barandilla de la escalera. Abrí la puerta con sumo cuidado, y por primera vez en varios días, noté de lleno el frio en mi cara. Aspiré con deseo, como si quisiera llevarme todo el aire para mí. Cerré la puerta con el mismo cuidado con el que la había abierto, y fui dando zancadas hasta el muro, junto a la puerta metálica. Saqué un pequeño espejo de la bandolera que colgaba en mi pecho, comprobé que el camino estaba libre a un lado y otro de la calle, y salí como alma que lleva el diablo hacia la casa de enfrente.
Cuando entré en la parcela, me preocupé de cerrar la puerta del muro con cuidado, y me recorrí toda la parcela observando cuidadosamente el interior de cada habitación. La casa era también bastante moderna, pero no tan grande como la nuestra (¿nuestra?). Tras unos diez o quince minutos de dar vueltas agachándome por las ventanas, decidí entrar.
Si lo que había entrado allí, era alguien normal, era un tanto estúpido, pues había dejado la puerta principal abierta unos centímetros. Entré casi sin mirar, como si fuese mi propia casa, y registré la planta baja. Efectivamente, allí no había nadie, y en este caso, la cocina estaba atestada de basura, y los armarios vacíos. Oí un ruido que venía del piso superior. No tuve miedo, no tenía por qué tenerlo, todo lo que había visto y oído sobre “ellos” apuntaba a que eran torpes, e incapaces de pensar la más mínima estrategia, así que sólo tenía que subir ahí, y pensar alguna forma de inutilizarlos. Vi un enorme cuchillo de esos de carnicero colgando en la pared, junto a la vitrocerámica. Enfundé la pistola y lo cogí, mirando mi mano como si fuese Sweeney Todd recién encontrado con sus navajas.
Volví a oir un ruido, esta vez algo más fuerte, como si alguien golpeara una puerta o una pared.
Definitivamente, no había presencia de personas pensantes en esa casa, no sería lógico pensarlo después de ver todas las ventanas sin tapiar, la puerta abierta y oir el jaleo que se estaba montando arriba. Lo que me extrañaba es que no estuviese aquella casa a reventar de gente de esa. De enfermos. Infectados.
Subí las escaleras y vi a dos personas aporreando la pared del fondo del pasillo. Golpeaban con rabia, como si alguien les hubiese cerrado la puerta del autobús justo antes de subir. Yo tenía dos ventajas, una era que todavía me llegaba sangre al cerebro, la otra, que no me habían visto.
Cuando el hombre quiso reaccionar, su cabeza rodaba por el suelo junto a la de la mujer.
Me quedé mirando un momento sus rostros. Su expresión. Estaban confundidos, casi asustados. Fue entonces cuando reconocí sus rostros. ¡Eran los dueños de la casa donde ahora vivía con Romi! Seguramente habían vagado por la zona, buscando su casa, y se habían equivocado. ¡Por eso golpeaban la pared! En la otra casa, la habitación debía ser una ampliación, y estaban buscando la puerta a su dormitorio.
En el fondo resultaba romántico. Busqué una sábana y los manipulé de tal forma que sus cabezas estuvieran lo más pegadas posibles a sus cuellos, y junté sus cuerpos. Luego les tapé con la sábana.
-3-
Volví a cruzar la calle, en dirección a mi casa (puesto que los dueños habían muerto, yo era el heredero más directo sin duda), pensando en lo que suponía aquella enfermedad. Estaba seguro de que ellos dos se reconocían, se querían incluso. Pero ¿por qué no eran capaces de pensar? ¿Quiere decir eso que el amor va más allá de la mente? ¿Más allá de lo que el ser humano se siente tan orgulloso de poseer?
Subí las escaleras, y fui a la habitación.
Romina no estaba en la cama.
-¡Romina! ¿Cómo se te ocurre levantarte?
-Cariño, tenía muchas ganas de vomitar, y no quería poner perdida la habitación. Lo siento, pero era necesario.
-Vuelve a la cama, o empeorarás.
Romina me miró como si fuese a confesarme que es mi hermana o algo así.
-Cariño, ya he empeorado. Tengo la vista nublada, a veces no digo lo que quiero decir. No siento muchos músculos, y el estómago me arde como si me hubieses hecho batido de brasas para comer.
La acompañé a la habitación, ayudándole a caminar.
-Túmbate.
De pronto, Romina rompió a llorar.
-¿Qué te ocurre?
-Cariño, mi amor, me está pasando. ¡Son los mismos síntomas! –dijo entre sollozos- cariño, no quiero morir. Quiero vivir, vivir contigo, disfrutar de la vida que nos queda.
Apreté su cabeza contra mi pecho lo más fuerte que pude, sin miedo de hacerle daño o que me pasara algún virus. La abracé y lloré más que en toda mi vida. Bajé mi cara hasta encontrarme con su boca y la besé.
-Amor mío –dije entre lágrimas saladas- estaré contigo siempre, pase lo que pase.
-4-
Las pastillas hicieron efecto y pronto Romina estuvo dormida de nuevo. No soportaba verla sufrir.
En el fondo, sabía que tenía razón. Los síntomas eran los mismos que se habían repetido hasta la saciedad durante semanas, los mismos que salieron en televisión, en periódicos y en internet. No había marcha atrás. Tarde o temprano, acabaría sin saber donde estaba, sin saber hablar, y posiblemente, me atacaría para devorarme.
La noche pasó tranquila. Ni un ruido en la calle. Y sin querer, se hizo de día. El sol empezaba a colarse por las maderas de las ventanas, y Romina seguía durmiendo.
Bajé a la cocina sin la típica tontería de la pistola, sin mirar el retrato de los dueños, sin pararme a echar una partidita a la consola. Simplemente bajé, cogí zumo y dos vasos, y volví a subir.
Romina estaba recostada sobre la cama, frotándose los ojos.
-Toma Romi, bebe.
-¿Para qué? ¿Cuánto tiempo voy a aguantar así? ¿Una semana? ¿Un día? Puede que unas horas.
-Pero, tienes que tomar algo. Necesitas fuerzas.
-No. Ya lo sabes, lo dijeron en la tele. El estómago se paraliza, por eso me duele tanto, no hago la digestión correctamente. No sirve de nada comer, sólo me hará más daño.
-Pero si no comes, morirás en pocos días.
-¿Y qué es peor? ¿Morir de hambre, o acabar siendo un puñetero zombi?
Bajé la cabeza y dejé caer el zumo. Miré la pared un rato, un rato durante el que Romina se dedicó a hacer lo mismo. Tras unos minutos, dije sin girar la cabeza.
-Pues yo tampoco voy a comer nada.
-¡Cariño!
-Te dije que estaría a tu lado hasta el final, y así será. Si tú te vas, yo me voy contigo.
Nos abrazamos, y volvimos a dormirnos, yo de cansancio, y ella a causa de las pastillas.
-5-
Cuando abrí los ojos, el sol se estaba escondiendo y dejaba una cálida luz rojiza que no camuflaba el frío invernal que llenaba la habitación por las noches.
-Romi, cariño, despierta. –lo volví a intentar- Cariño. Despierta.
No quería si quiera imaginar que podría no contestarme.
-¡Cariño, despierta! ¡Reacciona, Romina! –la sacudí varias veces.
Apoyé mi cabeza en la palma de las manos y empecé a llorar. Entonces oí algo, un murmullo. Giré la cabeza de Romina y vi como me miraba fijamente a los ojos y luchaba por pronunciar algo.
-T…t…te… te quiero –musitó, casi invisible.
Una lágrima resbalaba por su mejilla, y yo no pude evitar llorar más todavía.
-¡No! ¡No Romina! ¡Lucha! ¡Joder, lucha, lucha como has hecho toda tu vida! ¡Lucha por mí!
Ella no podía hablar ya. Movía sus labios, pero no salía aire de sus pulmones como para hablar. Junté mis labios con los suyos y la besé. Los tenía fríos, entumecidos, muertos. Notaba un ligero aliento que salía de su boca, mínimo, casi imperceptible.
Estuvimos mirándonos a los ojos durante unos minutos, minutos en los que cada vez notaba más lejano ese aliento de vida, hasta que al fin, cesó.
Me levanté de su lado y me senté en el suelo, apoyando la cabeza en las rodillas y llorando.
A los pocos minutos, como era habitual en estos casos, Romina se levantó como si no hubiese estado enferma. Estiró sus músculos que minutos antes parecían muertos, y olisqueó el aire. Pronto detectó mi presencia y se giró. Con los movimientos torpes de un cervatillo recién nacido, caminó hacia mí. Yo no podía moverme, sólo lloraba y miraba a mi mujer, con cara de animal caminando hacia mí. Pero sus ojos eran los mismos. Sus ojos brillaban como hacía semanas que no lo hacían. Y me alegré.
Me puse en pié, y me acerqué a ella mientras luchaba por mantenerse en pie. La abracé y junté mi boca con la suya, notando su aliento cargado.
-Contigo hasta el final…






1 susurros. Susurra algo...:
jo, k fuerte, eso le pasa por taparla cuando tenía fiebre XD.
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